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La reflexión no tardó en llegar, ni tampoco tardó en aparecer de nuevo el niño de la sonrisa solar… Esta vez traía unas alas blancas, enormes.
Me despojó de los andrajos sucios que me envolvían,
Y entre tanta mierda, deseó lamer una a una las heridas.
Abrió camino por los surcos de mis entrepiernas,
recompuso el corazón con pegamento de besos
y me colocó las alas para volar (en libertad) a mi destino...
Con ellas recorreré las ciudades,
viajaré los kilómetros,
bucearé por los océanos,
y cruzaré todos los puentes que necesito para ver el mundo desde el prisma que me contiene.
...Antes de soltar la mano que me dejaría partir, acarició cada lunar de la constelación que habita en mi espalda y pidió sentarse en mis rodillas. Con su voz infantil y sus ojos octogenarios, me susurró:
Café con Agua