
Olvido los abrazos enredados con la cafeína del único bar en el que se reciben las vergüenzas sin ser juzgadas y apuro las caladas del último cigarrillo que encuentro en los bolsillos de mi tejano.
Intentando recuperar el sabor de aquel primer beso (un beso irrepetible),
descubro que se apagan a mi paso las luces de una ciudad que ya está dormida.
(Desaparecieron los niños que jugaban a ser el señor del mar, haciendo de su orilla una playa cada vez más inmensa).
Ya no ruedan las miradas, ni las sonrisas, ni las palabras desordenadas que piden a gritos un “te deseo”.
(Y la música siempre de fondo rellenando los huecos de todas las esquinas)
Aún no logro acostumbrarme, los intercambios de hemisferios en la noche, me inquietan.Los símbolos,
las señales,
los mensajes
las señales,
los mensajes
Nunca vuelven, porque ya todo está inventado, vivido y olvidado.
Al llegar a casa derramo todos estos pensamientos en la cama, y juego a crear mi campo de sueños: Una montaña rusa en el centro que separe ambos océanos, mi mitad derecha y mi mitad izquierda.
Y como es habitual, intentando acercar ambos hemisferios ocupando las páginas de mi libreta en blanco, caigo rendida a los pies de otra noche inescrutable...
donde el lado izquierdo de mi cama, gana esta batalla.
Café con Agua